Escuela Taline

El 28 de mayo se cumplían dos años desde que Taline fue asesinada. Pensábamos que sería un día marcado únicamente por el dolor, pero Sally volvió a darnos una lección de vida.

En lugar de encerrarse en su tristeza, decidió organizar una pequeña fiesta para los niños y niñas del campamento donde vive junto a su familia, y devolverles algo de la infancia que les están robando.

Hubo juegos, música, algunas golosinas, globos, risas y, sobre todo, un lugar donde los niños pudieron sentirse niños durante unas horas.

En un lugar donde el genocidio ha robado tanto, regalar una tarde de alegría también es una forma de resistencia.

Mientras veíamos las fotografías y los vídeos que nos enviaba, comprendimos que aquello era mucho más que una fiesta. Era la forma que tenía Sally de transformar el recuerdo de Taline en vida para otros niños.

Y fue precisamente ese día cuando nació con más fuerza una idea que llevaba tiempo rondándonos.

¿Y si esa tarde pudiera repetirse todos los días?

¿Y si existiera un lugar donde esos niños pudieran volver a jugar, aprender, dibujar, leer cuentos o simplemente sentirse seguros durante unas horas?

Así comenzó a tomar forma la Escuela Taline.

No como un edificio, sino como un espacio de infancia, un lugar creado por y para la comunidad.

Hoy ese sueño ya ha empezado a caminar.

Estamos trabajando junto a Sally y sus vecinos para hacerlo realidad.

Serán ellos quienes diseñen, organicen y gestionen la escuela, porque nadie conoce mejor que ellos las necesidades de su comunidad.

Desde aquí haremos lo que sabemos hacer: buscar los recursos necesarios para que ese proyecto pueda crecer y sostenerse en el tiempo.

Creemos profundamente que la ayuda tiene más sentido cuando fortalece a las personas para que sean ellas quienes lideren su propio futuro.

Nosotras solo queremos caminar a su lado.

Porque la Escuela Taline nace en el campamento de Khan Younis, de la mano de una madre que, después de perder a su hija, sigue soñando con un futuro mejor para los demás niños.

Y quizá esa sea la mayor lección que Sally nos ha regalado, que incluso en los lugares donde parece que todo ha sido destruido, todavía pueden sembrarse semillas de esperanza.

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